Indie, o la necesidad por recordar
Clasificar se vuelve una necesidad, sobre todo cuando parece que nada esta dicho, que en realidad, las cosas son distintas de lo que aparentan, entonces, una sensación de ansiedad nos envuelve y comenzamos por buscar la raíz de aquello que notamos o preferimos mantener distinto, para poder nombrarlo, distinguirlo, convertirlo en una novedad. Pero en muchos de los casos, no puede ser así. Esto sucede con el mal llamado género musical indie, y cuyo auge en los últimos años ha retomado fuerza -recordemos que desde los años veinte, o bien, desde la primera aparición de grandes corporaciones discográficas dentro de la industria musical, estas siempre han sido desafiadas por disqueras pequeñas independientes-. No se necesita ser un sabio o un erudito para saber que la palabra indie, proviene del diminutivo de la palabra en idioma inglés independent, y que no significa otra cosa que “independiente”, refiriéndose dicha independencia en el ámbito musical a todo aquello que se elabora de manera autónoma. Esto, también, no es nada novedoso, a finales de los años setenta, la filosofía punk ya proclamaba el Do it yourself (DIY), y grupos como Crass, elaboraban su material ajeno a las disqueras profesionales.
Desde la aparición de la computadora en 1940 por John von Neumann, así como la del internet por Tim Berners-Lee en 1989, la posibilidad de elaborar cualquier proyecto se ha convertido en una tarea cada vez más fácil y práctica. Con el paso de los años, así como la de diversos programas (software) para la edición y programación o producción de música, vídeo o fotografía, lo anterior, no tardaría en albergar a cualquier área artística. Posteriormente, dos sitios alentaron este tipo de actividades, Youtube y Myspace, el primero, enfocado al albergue de vídeo y el segundo, a la música. Entonces, muchos jóvenes tuvieron a la mano las herramientas necesarias para poder realizar sus proyectos sin la necesidad del respaldo de terceros, y así enfrentar a los grandes monopolios. Lo siguiente fue que esos proyectos -en este caso la música- se convirtieron de culto, sobre todo por la dificultad de ser conseguidos y por no ser del conocimiento popular. A este tipo de artistas se les comenzó a llamar independientes, y poco a poco fueron clasificados en el género erróneo indie.
El indie se convirtió entonces en un “género musical” que la mayoría de los jóvenes abrazaron con fuerza, ante la necesidad por encontrar algo novedoso o cool, o solo para mantener esa postura snob ante aquellos que ignoran la otra realidad de las cosas, aquellos que se quedan con lo que se les da. Lo cierto es que también ellos resultan ser engañados, porque toda esa corriente musical que el indie abarca, esta llena de géneros pasados y que en su momento fueron considerados contraculturales o underground por una sociedad que siempre ha mantenido a raya a todos los anormales que se adhieren a cierto tipo de conductas extravagantes o que se encuentren fuera de cualquier normatividad social. Estos jóvenes se abanderaron con grupos como Joy Division o los Ramones, solo después de haber escuchado primero a Interpol, a Editors o a los White Stripes. Pareciera que todo lo hicieron al revés. Lo cierto es que aún desconocen en muchos casos el new wave o el post-punk, aún cuando lo escuchan en artistas que ellos consideran dentro del género indie. Y después de comenzado el asunto, no bastó con eso y se trasladaron también al género musical de la electrónica. Grupos como Junior Boys o Cut Copy -del llamado indie-electronic- encuentran similitudes con el añejo Luomo (Vladislav Delay) o con el grupo Swayzak, sobre todo, el Last exit (que en lo personal me parece un excelente disco) de los Junior Boys con el Paper tigers de Luomo (que me gusta menos). Pero la realidad es otra, y muchos de estos grupos, por ejemplo, Interpol, Editors, Bat for Lashes, Nico Vega -que se ha adherido al sello discográfico de Myspace-, entre muchos otros, ya no son independientes. El ser independiente es un estado primario, un paso a la antesala de la fama. Son pocos los que permanecen estoicos ante la emancipación. Muchos, los que terminan engrosando las filas del mainstream.
Recientemente he comprado el disco de To lose my life… (To lose my life or lose my love, Fiction, 2009) del grupo White Lies. La primera vez que los escuché me pareció estar escuchando una versión moderna de los Talk Talk y una batería que me recordó a Stephen Morris de Joy Division. Pero no, eran los White Lies, y estaba escuchando la canción “Farewell to the fairground”. Cuando menos lo noté, ya tenía el álbum sonando en mi sala. Y es que me hicieron recordar muchísimo una de las épocas más fructíferas de la música, el post-punk, que fue la antesala al new wave. A los White Lies los clasifican de tres maneras, primero como post-punk (cosa que me parece correcta), como indie rock (cosa que me molesta bastante) y como alternative rock (cosa que me vuelve a reconfortar, solo un tanto, porque algo dentro de mí sabe que solo se le puede clasificar de una manera y esa es la primera clasificación dada). Me pregunto entonces, ¿si todo eso es una necesidad por crear algo supuestamente diferente o es una cruzada por intentar hacerle creer al mundo que nos encontramos ante una novedad?
Los jóvenes ahora los vemos con esos pantalones ajustados a las piernas, e incluso a la cadera. Con esa combinación rara entre hippies y post-punks. Observamos también a las mujeres vestidas a la Karen O, sin saber que ya Siouxsie Sioux había hecho lo mismo generaciones atrás. Y de pronto me percato que toda expresión artística o cultural se extraña un tanto -es por eso que en la moda, las botas altas hasta las rodillas, esas que llevaba Julia Roberts en Pretty woman se han puesto de moda otra vez-, y el ser humano hace todo por volverla a la vida, para vivir lo que no se pudo, porque siendo sinceros, siempre tenemos la necesidad de recordar, aunque sea un poco.
México, marzo 2010.
Vídeos
White Lies, “”Farewell to the fairground”
Talk Talk, “Such a shame”


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