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Archivo para 30 enero 2010

Duerme, guardián

enero 30, 2010 1 Comentario

Mi oficina es un cuarto mediano, solitario. Frente a la puerta, en una esquina, se encuentra mi escritorio, y lo tengo así, porque tomo muy en serio el consejo que Stephen King nos dan en su libro Mientras escribo (Plaza & Janés Editores, 2001). Es una especie de libro-guía. Algo como un manual, pero que no lo es del todo, porque también es autobiográfico. Cito a King: “Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés”. Tampoco soy muy afecto a seguir estilos de vida ajenos, pero soy un hombre que aprende a escuchar cada día. Desde entonces aprecio consejos como el anterior. A mi costado esta una mesa pequeña, pertenecía al escritorio antiguo de mi mujer, pero nos pareció correcto salvar solo ese cubo de madera que ahora me sirve para colocar el ordenador y algunas fotografías de ella y de mi hijo Carlo. En la pared que se encuentra frente a mí, tengo imágenes de algunas mujeres que han dejado demasiado en mí, son en su mayoría actrices y modelos. La pared que tengo a mi izquierda comienza a llenarse de fotografías de escritores a los que aprecio bastante. No son muchos, solo los que me han dejado ánimos para volver a leerlos, las veces que sean necesarias. En dicha pared se encuentran James Agee, Cesare Pavese, Martin Amis, Jack Kerouac, David Foster Wallace, John Banville, Andrés Caicedo, Ryonosuke Akutagawa, William Butler Yeats, Philip Roth, Julio Cortázar, F. Scott Fitzgerald, Michael Chabon, J. M. Coetzee, Raymond Carver y J. D. Salinger. Anteayer por la noche, mientras leía el periódico, me enteré que Salinger había muerto.

Mentiría si dijera que conocí a Salinger en una de mis clases de literatura. Cierto día, en la clase de Cuento I, nos pidieron nombrar a un personaje ficticio sacado de alguna obra. No vacilé al decir Holden Caulfield. Mis compañeros no lo conocían, incluso, ni a Salinger. Comprendí entonces que a pesar de ser el autor de uno de los libros de literatura norteamericana más importantes, básicos en la literatura inglesa, aún, en ciertos sectores, no es muy conocido. En lo personal, me encontré con Salinger -como supongo ha sucedido con muchas personas- por medio del asesinato de Lennon. De inmediato me intrigó, y en cuestión de minutos ya buscaba con intensidad en la internet sus trabajos.

En ocasiones es lamentable que a ciertos escritores se les conozca más por algunas obras menos importantes en calidad artística literaria -caso Mario Puzo- que en otras, pero con Salinger no sucede eso. Basta decir que sus obras de relatos cortos (short stories) son bastante interesantes, y me atrevo a decir que Raymond Carver y él, son los más prolíficos en esta área. Pero El guardián entre el centeno (The catcher in the rye en inglés) de Salinger es algo único. Parte de su éxito radica en su fuerza y ritmo narrativo, pero también, en la perfecta construcción de personajes ya la psicología de estos. Aparte de eso, El guardián entre el centeno se colocó perfecto entre la juventud norteamericana, que ya venía acusando los efectos de las teorías existencialistas de Sartre, Camus o Beauvoir -por mencionar algunos-, que en algunos casos, manifestaron este pensamiento en historias de ficción. Lejos de representarnos a un joven disgustado con la humanidad, pero que, sin embargo, aún guarda su fe en ciertas personas que él ama con ahínco, una fe que parece estar depositada aún en la pureza del ser humano -como lo es su hermana Phoebe y en general a toda su familia, aunque con intensidad menor-, en la ingenuidad que posteriormente será corrompida por la sociedad, la novela es en general, triste, llena de angustia y de falsas esperanzas. Y que también, así finaliza.

El guardián entre el centeno es como el Manhattan transfer de John Dos Pasos. Tienen la misma naturaleza. Una oda al desinterés y el vació de una sociedad contemporánea que continuamente se encuentra en decadencia, solo que en El guardián las cosas suceden de una manera tan natural, tan simple, pero al mismo tiempo, en el fondo, tan complicadas. Y eso es lo que continuamente nos mantiene pensando, lo complejidad disfrazada de normalidad. Porque al leer a Salinger, al escuchar narrar a Caulfield, nos percatamos que es él quién habla por nosotros, quién alza la voz para señalar con el dedo índice y con la voz en alto, a una sociedad corrompida, estancada y vacía. “Cuando Maurice abriera las puertas me encontraría esperándole, con el revólver en la mano. Comenzaría a suplicarme con voz temblorosa, de cobarde, para que le perdonara. Pero yo dispararía sin piedad. Seis tiros directos al estómago gordo y peludo”. De pronto tenemos a un héroe juvenil, que habla en favor de la adolescencia, esa que tanto tiende a ser sincera, pero que, inevitablemente se sabe, caerá en la alteración adulta. ¿Será por eso que, también Caicedo o Curtis se suicidaron antes de atravesar esa línea delgada entre lo eterno y lo decadente?

Contrario a muchas opiniones, algunos le agradecemos a Salinger el valor o el desequilibrio -porque se sabe que era un huraño empedernido, consumido por su propio yo- por no haber publicado demasiado. El haberse suicidado mucho antes de su muerte, a los 91 años. Y es que, a pesar de todo, Salinger es el significado real de eso que muchos apreciamos, el termino de culto. Estrictamente hablando, en el termino de culto (Del lat. cultus), no viene un significado que pueda encajar con lo que para los jóvenes -con mayor precisión- denominamos de esa manera a todo aquello que, no es popular pero en su hechura, tiene un valor histórico y artístico que se considera especial, único o precursor. Pongamos también el caso de On the road (En el camino, en su traducción al español) de Kerouac. Pero encuentro un significado que puede representar lo anterior: admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas. Y la Academia Real Española nos pone un ejemplo, rendir culto a la belleza. Entonces todo parece encajar.

El guardián ha muerto. Ahora viene lo interesante. La muerte vende -y no hablaremos de lo costoso que resulta morir, como si fuera un chiste de humor negro-, se decía después del suicidio de Ian Curtis, cantante de la agrupación inglesa Joy Division, otro ejemplo claro de lo que podemos llamar culto. Después de la muerte de Curtis, se han sacado infinidad de libros acerca de la agrupación como de su persona. Yo, personalmente tengo el famoso Touching from a distance (Faber and Faber, 1995), libro de memorias que versa sobre la vida de Ian, escrito por su entonces esposa Deborah Curtis -quién a pesar de casarse de nuevo años posteriores, nunca se quitó el apellido Curtis-, y del cual se elaboró la película dirigida por Anton Corbjin, Control. De Caicedo ha pasado lo mismo. El pasado martes, como regalo de cumpleaños, me compré El cuento de mi vida (Norma, 2008), una especie de biografía-diario, con algunas cartas, dos de ellas del día de su suicidio, del escritor colombiano. Y también ha sucedido con Cortázar, Tolkien u Octavio Paz, o con Sabines, cuyas cartas a Chepita han sido publicadas el año pasado. Ahora, habrá que saber esperar por lo que venga de Salinger.

Así ha muerto el guardián, con la tranquilidad a cuestas, caso curioso, un hombre cuya vida, siempre en turbulencia y generadora de leyendas urbanas y usado como instrumento de dos mujeres importantes en su vida -su hija y una amante hicieron crecer su fama de hombre freak, al reforzar los rumores de que era un hombre extraño, anormal-, después de publicar cada quién, un libro acerca de su persona; pero la vida de Salinger va más allá de eso, y basta leer su -por ahora- corta producción literaria, para apreciar a un hombre cuya pasión por las letras lo consumió. Pero es en ocasiones, esa producción corta la que dice más que miles de libros de literatura universal.

2010

Categorías:Literatura

Larga espera

Era el primero de enero de 1992. El equipo de fútbol americano de la Universidad de Alabama había sido invitado para enfrentarse a sus similares de la Universidad de Miami, en lo que sería la primera final de campeonato nacional bajo la tutela del Bowl Coalition, un predecesor del ahora Bowl Championship Series. Alabama llegaba como el número 2 de la nación, con un record de 12-0-0. El número 1, Miami, llegaba con un record de 11-0-0, y defendía el titulo nacional colegial. Para muchos, Miami conseguiría el bicampeonato, escoltados por el entonces premio Heisman, Gino Torreta, quién después jugaría para los Vikingos de Minnesota. Pero algo había dentro del equipo de Alabama que parecía hacerlos invencibles y que, de antemano, un mes antes, había pasado su mejor prueba al vencer a la Universidad de Florida (8-3) por 28 puntos a 21. Para muchos, la final adelantada. Miami por el contrario, había pasado 4 encuentros de manera ahogada, Arizona, Florida State, Penn State y Syracuse. Ellos no tuvieron final de conferencia.

El partido en aquel entonces, hasta la primera mitad parecía anormal, con la Marea púrpura adelante por 13 a 3, pero alcanzable para Miami. Sin embargo, para el segundo capítulo del encuentro todo fue diferente para los de la Florida, y bastante apremiante para los de Tuscaloosa, anotando 21 puntos y dejando solo en 7 a los Canes, para un marcador final de 34 a 13. Aquel día Gino Torreta desapareció, siendo interceptado en tres ocasiones, e incluso, al final de la temporada, cuestionado acerca de su obtención del Heisman. Aquel día primero de enero de 1992, en el domo de Louisiana, Alabama ganó con autoridad su campeonato número 12, séptimo desde la era de 1950, cuando se instaura el sistema de rankings (el cual es llevado por diferentes asociaciones y que van definiendo el destino del campeonato nacional de fútbol americano colegial), y así fue que comenzó la espera.

Lo que vino después de aquel campeonato fueron claro-oscuros. La segunda edad media de la Marea. De aquel año hasta el 2008, habían ganado 6 tazones, perdido 5, y en otras cinco ocasiones (1995, 1997, 2000, 2002 y 2003) no fueron invitados a ninguno, nada peor desde aquellos cuatros años fatídicos (1954-58), en donde el coach Jennings B. Whitworth figuró como el representante de la época más perdedora de la universidad. También, en el 2000, la NCAA sancionó a la universidad por un supuesto soborno para que un jugador firmara con Alabama, colocándola fuera de cualquier tazón por dos años (2002-03) y con cinco años de probación en donde no podían ser elegibles para competir por el campeonato nacional. En la universidad ya se comenzaba a sentir esa desesperación por revivir viejas glorias, y tras el fracaso de Dennis Franchione, contrataron a quién fue su quarterback titular en los años 1984-86, Mike Shula. Pero Shula tampoco pudo sacar a flote a un equipo que parecía destinado al fracaso, y tras un trabajo mediocre ganando solo un tazón de tres en los que participó como head coach de la Marea púrpura, fue despedido para 2006.

Parece que los directivos universitarios deseaban recuperar los tiempos dorados, y estaban dispuestos a cualquier costo, por llevar a la Universidad de Alabama a los primeros lugares. Contrataron para la temporada del 2007, a Nick Saban, quién se encontraba en aquel entonces como head coach de los Delfines de Miami, en la liga profesional de fútbol americano en los Estados Unidos (NFL). El contrato fue millonario (32 millones de dólares), y las expectativas demasiadas. Saban, quién ya había sido campeón en el 2003 como head coach de la Estatal de Louisiana, y quién es conocido como un personaje controvertido, y sobre todo interesado, tomó las riendas de un equipo que ni siquiera estaba en fase de reconstrucción. Pero Saban comenzó a realizar ese trabajo.

Para su primera temporada con la Marea púrpura, dejó al equipo en un tercer lugar de conferencia, con una temporada apenas ganadora (7-6) y un discreto triunfo en el Independence Bowl en contra de los Búfalos de Colorado por 30-24. Para la segunda temporada, quedó claro que Saban trabaja a corto plazo. De manera increíble, llevó al equipo a ocupar el número uno de la nación, situación que no lograban desde 1981. Fue hasta el final de conferencia, en contra de la Universidad de Florida, que perdieron ese privilegio. Alabama quedó entonces con una marca de 12-2 -una segunda derrota en el Sugar Bowl en contra los Utes de la Universidad de Utah por 31-17-, en el sexto del ranking nacional y a un paso de llegar al campeonato nacional. Curiosamente, los dos partidos que perdieron, fueron en contra de los dos campeones nacionales (cabe señalar que en muchas ocasiones, el campeonato es compartido, aunque exista una final determinada por los rankings).

Un año después todo fue diferente, y parecía que la historia se repetía desde aquel lejano 1992. Alabama por esa ocasión llegaba como número dos de la nación, y se enfrentaba, en la final de conferencia, contra el número uno, un rival de antaño, y quiénes los habían derrotado un año antes, la Universidad de Florida. Pero nada fue igual que aquel Sugar Bowl de 1993. Alabama mantuvo en línea a una de las mejores ofensivas del país, y con ello, destrozaron a los que parecían ser los campeones por segundo año consecutivo. El marcador final fue 32 puntos a 13.

Tuvieron que pasar 17 años para que la Universidad de Alabama llegara a una final, en esta ocasión en contra de una de las pocas universidades que los ha mantenido en jaque en ocho partidos que han disputado en diferentes épocas, la Universidad de Texas. La marca era de 7-0-1, en favor de los Longhorns. El único partido que Alabama había logrado empatar, fue en 1960. Las estadísticas históricas parecían apuntar en favor de los tejanos, sin embargo, la historia también decía que el Rose Bowl le venía bien a la Marea. Alabama es la única universidad ajena a las conferencias del Big Ten o a la Pac-10 -conferencias que tienen la exclusiva en el Rose Bowl-, que ostenta más apariciones en dicho juego, con buenos números, de seis apariciones, 5 de ellas victorias y un empate; pero las estadísticas de la temporada pasada, decían otra cosa. Alabama venía de ganar su primer premio Heismann en la historia, con Mark Ingram, y su defensiva había demostrado en la final de conferencia su fuerza. Texas, por el contrario había mostrado debilidad en todos sus departamentos en su último partido contra Nebraska, y era cosa seria. De esta manera, el uno y el dos se enfrentaban en Pasadena, California.

Después de un primer cuarto inestable para Alabama, quién ya había recibido dos goles da campo y encontrarse abajo por seis, el segundo fue mucho mejor y fue la clave para ganar el partido. Aunque la salida temprana de Colt McCoy -producto de un golpe certero por parte de un jugador de Alabama- minó la ofensiva tejana, estaba claro que Texas carecía de ofensiva, y fue solo al final del tercer cuarto y a la mitad del último que la única potencia ofensiva de los Cuernos largos, era una combinación simple entre Gilbert y Shipley. Para la tercera ofensiva de los tejanos, la defensiva de Alabama tenía algo claro: disparar con los linebackers, cosa que no había hecho Alabama en las dos defensivas anteriores. Y fue eso, un disparo del linebacker Eryk Anders quién obligó a Gilbert a perder el balón. Lo demás es historia. Un 37-21 en favor de la Marea. Alabama ganaba su 13vo. titulo aclamado por la universidad, su 17vo. campeonato según la NCAA, o su 12vo. titulo según la College Football Data Warehouse (CFBDW). Como sea, la Universidad de Alabama se encuentra entre las más ganadoras de la historia del fútbol americano colegial en los Estados Unidos, solo abajo de Princeton y Yale, cuyos últimos campeonatos datan de 1950, y 1926 respectivamente.

Parece que todo volvió a la normalidad después de una espera larga. Que el campeonato regresó a su dueño legítimo. Algunos dicen que vuelven las épocas de gloria, al menos ese es el sentimiento que inunda los pasillos de la universidad. Otros, que Nick Saban tendrá en un futuro no muy lejano, casi como un hecho, una estatua de bronce como la de “Bear” Bryant, y es que tan solo en tres temporadas llevó a un equipo sin esperanza, a la perfección, ya lo había hecho con la Universidad Estatal de Louisiana (LSU), en cuatro. Pero en realidad nada de eso importa. La tempestad pasó y la calma llegó; y es hermoso ver volver a un equipo de glorias pasadas, buscar las nuevas. Porque hay equipos prescindibles en cualquier deporte, y en este, la Universidad de Alabama es uno de ellos. Roll Tide!

2010

Categorías:Deporte
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