México mágico

Hay una máxima en el derecho que reza de la siguiente manera: la ignorancia de la ley no la exime de su cumplimiento; pero en el México Mágico, esto es usado de muchas maneras, y uno de esos usos es para amedrentar a todos aquellos que carecen de lo más básico e importante: conocimiento. Esto es justamente lo que observamos en el documental dirigido por Roberto Hernández y Geoffrey Smith, y producido por Layda Negrete, Martha Sosa, Yissel Ibarra y el mismo Roberto Hernández, quiénes nos muestran el proceso legal anómalo y absurdo que sufre un infortunado jóven, José Antonio Zuñiga, un comerciante informal que un lunes de diciembre es acusado sin motivo alguno de homicidio, delito que al terminar el documental sabemos que no cometió (y eso lo sabemos no porque se nos diga la verdad absoluta, sino porque el sistema legal, en este caso del Distrito Federal, no logró comprobar la culpabilidad de Zuñiga, hecho suficiente para declarar a cualquier individuo inocente). Pero lo importante en este filme, como objetivo final, no es saber quién mató a Juan Carlos Reyes, sino observar lo pantanoso que resulta el sistema judicial para todos aquellos que ignoran o que simplemente no tienen los recursos económicos necesarios para ser representados de manera digna ante estas salas inquisidoras.

Después de leer la reseña de Fernando García Ramírez en el blog de cine de la prestigiada revista Letras Libres, me pareció más que una opinión ética y objetiva, una opinión subjetiva y dolosa, y va todavía más allá, comentando el tema con reclamos y descalificativos, mencionando temas que nada tienen que ver con la relevancia de lo que el filme aborda. Poco importa para el común de la gente si el filme lo apoyó tal o cual personaje, o si la productora es hija de políticos, o si el documental tiene tintes partidistas, lo que esta cinta significa para todos aquellos que están en la misma situación de Zuñiga, es que alguien les dió una voz y esa, Presunto Culpable no solo se la dio a José Antonio Zuñiga, sino a todos esos parias que se encuentran cumpliendo condenas impuestas.

García Ramírez menciona que Presunto Culpable es parcial porque faltó la versión de la familia del occiso, pero vemos que esto ni siquiera es necesario después de observar todas las inconsistencias tanto en el testigo (sobre todo cuando le preguntan la media filiación (cosa que no sabe a que se refieren) del acusado y solo demuestra un gesto de molestia y nerviosismo porque no la sabe), como en los “agentes investigadores” que se dedican y limitan en un claro gesto estratégico a decir “no recuerdo”. Entonces de pronto todo lo evidente parece revelarse ante un juez molesto, fastidiado y cerrado, así como en una fiscal incompetente y mediocre que solo atina a decir cuando le preguntan en que se basa para acusar: “es mi chamba”, y una sonrisa desdibujada aparece en su rostro fatigado. Y uno se percata que no hace falta saber demasiado para darse cuenta de lo evidente: una injusticia. El procurador de justicia en el Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera asegura que la inocencia de Zuñiga no fue comprobada, pero otra máxima en el sistema legal reza lo siguiente: todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario; y en este caso, tampoco se comprobó la culpabilidad de Zuñiga.

Tal vez García Ramírez y Mancera, así como todos los detractores de este documental deban asomarse un poco más al sistema legal de los norteamericanos, y deben saber que en aquel país, sin evidencia es muy difícil que alguien sea condenado, de hecho, en programas de los llamados reality shows, como The First 48 o Crime 360 que pasa el canal A&E, podemos observar el papel que la evidencia juega en cada caso, de hecho, casi siempre en un homicidio es de suma importancia encontrar el arma homicida y después relacionar dicha arma con el acusado, de otra manera, es casi imposible que el Gran Jurado delibere una condena. Hay demasiadas preguntas que llegan por sí solas, como, ¿por qué el testigo nunca mencionó al acusado en las dos primeras declaratorias?, ¿por qué no han detenido a los otros tres delincuentes?, ¿no es estúpido que Zuñiga, después de cometer homicidio o de saber que se cometió un homicidio en su presencia, estuviera caminando en la colonia tan tranquilo? El suceso fue en la tarde, ¿no hay más testigos del acontecimiento?, una pelea por pequeña que sea, siempre llama la atención.

La objetividad no existe, es una utopía, todo trabajo o investigación que se elabore siempre tendrá el punto de vista del autor, por mínimo que esta sea, por lo tanto un documental nunca será sincero, y siempre tendrá que salir otro documental para rebatir al anterior y así sucesivamente. Pensar que un documental tiene que ser imparcial es decir que un ensayo debe ser una investigación académica. Hasta Michael Moore o Al Gore (por mencionar algunos casos de personajes populares), en sus documentales tienen intereses personales y en algunos sectores son muy criticados, pero es inevitable que dentro de esos intereses, también muestren algunas verdades, y eso al final, es el objetivo del documental.

Presunto Culpable no descubre el hilo negro de la corrupción o de la ilegalidad dentro del sistema legal en México, todos sabemos como se maneja dicho sector, no se necesita ser un experto o litigante para enterarnos de como se pueden arreglar ciertas situaciones en nuestro país. No, Presunto Culpable no descubre, pero si desnuda, y el desnudo es algo que a la mayoría de la gente le incomoda, porque los expone, los descubre, sobre todo cuando son exhibidos ante la opinión pública, ante aquellos que han pagado las consecuencia de pertenecer a esa clase lumpen, tan golpeada y tan maltrecha, esa de la que están llenas nuestros reclusorios.

Posdata

No olvidemos, por cierto, otro caso lamentable de injusticia que terminó en tragedia porque el sistema legal no funcionó, el de Marisela Escobedo (en donde los jueces que liberaron al “asesino confeso” habían reprobado con anterioridad para ejercer como tales y de pronto los vemos ejerciendo y liberando a un criminal), y estos tan solo son algunos de los casos a nivel general en México que demuestran lo torcido y aterrador, pero sobre todo, lo mañoso y corrupto que es nuestro sistema de justicia, por lo que no es necesario que el documental mencione si sus estadísticas son locales o federales, los ciudadanos saben, e incluso los detractores, como es el México en el que vivimos, de lo contrario o son ciegos (aunque hasta un ciego lo sabe) o pretenden simplemente intentar cegar el criterio del grosor de la población.

Marzo 2011

Categorías:Cine, Sociedad

Una cuestión familiar

noviembre 20, 2010 1 Comentario

Águilas BlancasCuando vivía en el municipio de Netzahualcoyótl, en la colonia Valle de Aragón primera sección, recuerdo un área grande de tierra árida y desnuda que colindaba con dos avenidas importantes, Valle de Santiago y Valle del Yukón, dicha área era una figura trapezoidal bastante irregular, pero por aquel entonces tenía una característica importante, que era un sitio en donde se le rendía tributo al fútbol soccer -como dirían los norteamericanos-. Después, aquellos campos pardos desaparecerían y darían lugar a un Aurrera -bastante concurrido, por cierto-, y a una escuela de nivel medio superior pública -escuela de la cual muchos amigos míos fueron expulsados porque decían, era muy estricta, y yo les comentaba que no eran más que filtros sociales, y lo fueron, muchos terminaron sin estudios-. Pero aún cuando desaparecieron aquellos campos destinados al deporte más popular de México, en las colonias aledañas aún había cientos de campos para practicarlo. Si uno deseaba practicar otro deporte que no fuera ese, debía ir un poco más al sur, ya en territorio del Distrito Federal, sobre la Avenida Central, en cuyos costados, más o menos a la altura en donde comienza el Bosque de Aragón, se podía practicar al béisbol y al fútbol americano. Yo jugué en ambas ligas y en ambos deportes, claro que, antes de practicar el fútbol americano, pasé por la liga de béisbol Petrolera, en la extinta refinería 18 de Marzo, en Azcapotzalco.

Cuando jugué fútbol americano por primera vez, tenía 13 años, y lo comencé a practicar precisamente ahí, sobre la Avenida Central -aunque técnicamente ahí ya no es la Avenida Central-, en el club Avispones, club que años después desaparecería con la inminente llegada de la línea B del metro. El club emigró al Deportivo Los Galeana, detrás de la colonia Providencia, pero esa etapa ya no la viví. Después, por una cuestión familiar, me fui hasta el centro de la ciudad de México para jugar con uno de los jerseys más preciados en el deporte, con las Águilas Blancas.

Por aquellos años, el fútbol americano si bien, no gozaba de una popularidad impresionante, si era ya tema de conversación entre mucha gente, y eso es porque las universidades comenzaron a darle cabida en sus programas deportivos, y una de las razones -entre las muchas que existen para darle el sí a un deporte-, es que en el fútbol americano todo se trata de una cuestión familiar, sobre todo en las categorías infantiles y juveniles, lejos de los fanatismos que acarrean los equipos del Politécnico y la Universidad Nacional. Recordemos que en las categorías infantiles y juveniles, las Águilas Blancas son una asociación civil. Pero en los últimos años, el fútbol americano ha crecido bastante, y ello deviene de la constitución de diversas ligas en diversos estados del país, sobre todo el el norte del mismo, en donde dicho deporte, es ya un referente necesario, sobre todo con la apertura de la ONEFA -y la salida, principalmente del Tecnológico de Monterrey y la Universidad de Las Américas- al ampliar más conferencias y darle cabida a equipos que antes se encontraban en el sector de ascenso.

Mi último encuentro personal con el fútbol americano fue en la primavera del 2002, cuando jugué becado para la Universidad Anáhuac del Sur, en la categoría intermedia. Después, mi inquietud dejó de ser el deporte y se convirtió en letras y estudio, por los cuales he vivido los últimos años, pero nunca sin dejar de ver por televisión cualquier partido de fútbol americano, ya sea colegial ó profesional.

Años más tarde, por cuestiones personales, decidí irme de aquella colonia que quise demasiado en algún momento y decidí comenzar una vida nueva, fue así como llegué a Ojo de Agua, en el municipio de Tecámac, un fraccionamiento al que años antes ya le había tomado bastante cariño por mi mujer. También porque soy un poco renuente a la ciudad y detesto el tráfico, me angustia demasiado, y fue en Ojo de Agua en donde encontré tranquilidad. Curiosamente, hasta hace poco, viviendo y disfrutando de un exilio paradisiaco, me encontraba manejando tratando de encontrar un restaurante para comer y me di cuenta que en Ojo de Agua, a diferencia de otras colonias, casi no hay campos para practicar el fútbol soccer, pero por otro lado, hay demasiados para practicar el fútbol americano. Sí, así como lo leen, es un paraíso por completo, sobre todo para los que detestamos un poco el fútbol soccer. En Ojo de Agua hay al menos seis equipos para jugar fútbol americano, y dos más creo, en Sierra Hermosa, que es un parque ecológico que esta a cinco o diez minutos de Ojo de Agua, en donde el club Politos -un equipo con tradición en las categorías infantiles y juveniles- tiene su base. De hecho, en los únicos campos que se encontraban todavía destinados para jugar soccer, ahora se encuentran dos “yes” amarillas enormes que indican su actual uso. Sí, todavía existen campos de fútbol soccer, pero están en la parte trasera del fraccionamiento, desde donde se pueden ver, a lo lejos, los fraccionamientos de interés social que tanto han mermado la tranquilidad de esta bella localidad.

Cierto día, Mossa y yo nos detuvimos a mirar un partido de fútbol americano con helado en mano y al cobijo de un pino. Ella me ha dicho que se ha detenido varias veces antes de llegar al trabajo para observar los entrenamientos e imaginarse a Carlo corriendo ó lanzando el balón. Yo le he dicho que también lo he imaginado, y a los dos nos pone muy felices estar rodeados de campos de fútbol americano.

Noviembre 2010

Categorías:Deporte

Tzilacatzin

agosto 5, 2010 1 Comentario

Y este Tzilacatzin era de grado otomí. (…) Por eso no tenía en cuenta al enemigo, quién bien fuera…

El capitán mexica Tzilacatzin

Visión de los vencidos

El 28 de febrero del 2009, Juan Manuel Marquez enfrentaba a un Juan Díaz que sólo llevaba consigo una derrota, contra Nate Campbell, un 8 de marzo del 2008, en la plaza de toros de Cancún, Quintana Roo. Un Juan Díaz que, entre otras cosas, era un boxeador de lengua larga, un boxeador que quiso captar al público mexicano, pero que fracasó y prefirió navegar con la bandera en alto del estado de Texas, ese que lo vio nacer. Díaz, estaba seguro hasta ese 28 de febrero del 2009, que noquearía a un Marquez que venía de reponerse de una derrota (la cual perdió injustamente contra el filipino Manny Pacquiao), al vencer al cubano, Joel “El cepillo” Casamayor, en el onceavo por nocaut técnico.

Todo, por momentos parecía irle bien al norteamericano Juan Díaz, quién por algunos lapsos de aquella pelea parecía avasallar al mexica Juan Manuel Marquez. En verdad, algunos episodios resultaron malos para el defeño, pero llegó el tan recordado round noveno, para que Juan Díaz mordiera el polvo, y cayera instantáneamente con un uppercut que el mexicano le asestó de manera excelsa. Juan Díaz ya no pudo seguir, y Juan Manuel Marquez se alzaba con una victoria crucial, no solo por los campeonatos que se encontraban vacantes, sino porque había demostrado que la edad no era un problema a considerar en un boxeador de su calidad. Aquel 28 de febrero, como todas sus peleas, Juan Manuel Marquez nos dio cátedra de lo que significa dejar el corazón en el ring, en lo que se trabaja y en lo que se ama.

De aquel día, Juan Díaz no aprendió nada. Siguió de testarudo, y de sus dos peleas siguientes (ambas con el mismo púgil, Paul Malignaggi), sólo ganó una. Hay secuelas boxísticas que son memorables, Ruelas en contra de Gatti, el mismo Márquez contra Pacquiao, ó trilogías como las de Barrera en contra de Morales, pero parece que Juan Díaz no pertenece a esa categoría. Aún así, Marquez le daría la revancha el pasado 31 de julio.

De aquella pelea, vino para Marquez la controvertida afrenta en contra del norteamericano Floyd Mayweather, -que según BoxRec.com, es el mejor libra por libra, cosa en la que estoy de acuerdo-. Marquez, a pesar de no poder contra el extraordinario Mayweather, mostró, como siempre, corazón, aunque esto no sea lo suficiente para ganar, el box es un deporte también de sesudos, y esto muy pocos mexicanos lo saben, quienes generalmente se fajan dentro del ring. Esa noche, el corazón no le ayudó a Marquez, y mucho menos en contra de un hombre que le rebasaba en peso, había quedado claro entonces que aquella pelea se había conseguido por la importante entrada de dinero que ambos peleadores tendrían. Marquez perdió, sí, pero el mexica demostró ser un “hombre sin miedo” en la arena, que no le importa enfrentarse a quién sea, incluso, si pudiera hacerlo contra Klitschko, sin duda lo haría.

Lo siguiente a esa derrota fue la revancha de Díaz. Una pelea que generaba expectativas, sobre todo porque Díaz había demostrado en la primera pelea que era un buen boxeador. La velada se vio precedida por peleas interesantes, Rocky Juarez en contra del venezolano Jorge Linares, Seth Michell versus Derek Bryant, ó Juan Montiel enfrentando a Mike Peralta, pero hubo dos que llamaban la atención, Robert Guerrero en contra de Joel “El cepillo” Casamayor (el mismo que había sido derrotado por Marquez, y los invictos Dmitry Pirog y Daniel Jacobs. La estelarizada por un Robert Guerrero deslucido y por un Joel “El cepillo ” Casamayor desdibujado y en ocasiones temeroso fue de lo peor de esa noche. El combate llegó hasta la última instancia con victoria para el norteamericano, pero tuvo un sabor a mediocridad, y se vio a un Guerrero fuera de cancha y falto de caracter.

Lo peculiar de la noche vendría con el duelo de invictos, uno ruso y otro norteamericano, una batalla propia de la Guerra Fría. La televisión mostraba a un Jacobs confiado y que subía al ring alardeando, mientras, al ruso Pirog, mesurado y coqueto, guiñandole el ojo a la cámara en dos ocasiones y manteniendo una sonrisa amable. Desde el principio Pirog demostró boxear bien, tiraba golpes certeros y su técnica era disciplinada, tirar un jab, y desde ese punto, analizaba la situación de inmediato y despedía ganchos cuando Jacobs se enconchaba, o lanzaba una combinación uno, uno, dos, ó uno, dos, uno, gancho, para abrir al norteamericano, pero en cualquiera de los casos, regresaba a su guardia de inmediato, como si de eso dependiera su vida, y era verdad. En ese tono se mantuvo el de Temryuk, lanzando combinaciones, acorralando, manejando muy bien sus pasos laterales y asestando jabs o cruzados que en los dos primeros asaltos, pusieron mal al norteamericano. Parecía que era cuestión de tiempo que Pirog tuviera fortuna, y solo en el tercer round, Pirog salió un poco de su zona de seguridad para mostrarse más confiado, pero Jacobs le demostró que debía tener cuidado, sobre todo de un hombre que llevaba un record de 17 nocauts en 20 peleas. Para el cuarto y el quinto round, Pirog parecía haber resuelto la ecuación, y se fue a la carga contra un Jacobs que aún no descifraba el código para mantener a un Dmitry -rápido y fuerte- a distancia, pero Jacobs olvidó el jab, y eso tuvo su precio. Algo que gusta de Pirog al verlo boxear, es su manera de caminar en el cuadrilátero, hay momentos en los que se debe caminar a dos pies y salirse un poco de esa posición clásica, y Pirog sabía manejar bien esos instantes. Jacobs trataba de alejarse pero era inútil, y fue precisamente en una combinación mientras Pirog caminaba cuando un cruzado del ruso derribó al norteamericano. Y se acabó todo para el de New York. Fue así como el título mediano de la WBO tuvo dueño. Hacía mucho tiempo que no veía a boxeador como Pirog desde Zaragoza, con movimientos elusivos, una defensa extraordinaria y un ataque certero y bien elaborado. Esa noche Pirog nos enseñó que el boxeo es algo más que tirar golpes.

Y vino Marquez contra Díaz. Las expectativas no eran para menos, una revancha siempre es cosa seria, y Marquez lo sabía. El mexicano llegó con una muy buena preparación, y en sus ojos se notaba concentración y deseo. Pero Díaz no fue tan estricto consigo mismo. Al llegar a la arena, vimos a un texano fuera de condición y ya en la pelea, a un joven torpe que se había traicionado así mismo. ¿Por qué?, porque abandonó por completo su estilo boxístico. No era el mismo de la primera afrenta y se notaba inseguro y por momentos demasiado precavido, eso a la postre fue su perdición al tener a un fajador en frente. Por momentos hubo chispazos por parte del cowboy, pero fueron momentos raros y esporádicos, cosa que aprovechó el de la ciudad de México. Y así fue la pelea, todo a favor -porque así lo busco- del mexica, con combinaciones interesantes, bravo y conciso, y lanzando esos uppercuts que tanto le hacen daño a Díaz. Si bien no fue la mejor pelea de Marquez -sobre todo por el rival-, agradezco sobremanera que individuos como él suban al ring. Por momentos, Marquez plantaba ambos pies y se fajaba contra Díaz, pero el texano no rendía y se retiraba, y a lo largo de la pelea, el mexicano hacía lo mismo, y lo hizo en el último round, en los últimos diez segundos, esos en donde un hombre demuestra que lo es. Y al último respiro de la confrontación, con el pecho erguido, como aquel capitán mexica Tzilacatzin que encontramos en la Visión de los vencidos, bravo y altivo, todavía encaró al texano, pero ya no había nada porque pelear, y Díaz regreso derrotado a su esquina.

La pasada noche del 31 de julio, Marquez ganó y le dejó claro a Juan Díaz y al mundo el lugar que tiene en el boxeo -de los pocos boxeadores que tienen un cinturón de campeón de la cotizada revista Ring magazine-, y también, que México no sólo es Chávez, Nápoles, ó Sal Sánchez, sino también que el ahora tiene nombre, y ese es Juan Manuel Marquez, un presente que comienza a esfumarse y que debemos comenzar a agradecer en voz alta por tantas satisfacciones dadas. Esta última pelea le ha dejado un gran aprendizaje a nuestro gran capitán mexica, y eso es que debe retirarse ya, colgar los guantes y salir por la puerta correcta. En este último enfrentamiento, Marquez -a pesar de su gran condición física- ha demostrado que el tiempo es inmisericorde y el cansancio comienza a notarse y nuestro guerrero debe descansar ya.  Y a nosotros… a nosotros solo nos queda decir gracias Marquez, gracias campeón.

Agosto 2010.

Categorías:Deporte

Es país para viejos

julio 13, 2010 1 Comentario

Sí uno se acerca un poco a la historia, en este caso, a la guerra de Vietnam, o para los norteamericanos, la segunda guerra de Indochina, y para los vietnamitas, la guerra norteamericana, podemos comprender un poco más acerca del comportamiento humano en este tipo de episodios bélicos. Al estudiar a los hombres que han obtenido la honrosa distinción de la Medalla de Honor (Medal of Honor en inglés, incluso existe un videojuego con el mismo nombre) que el ejercito norteamericano entrega a aquellos individuos que han mostrado valentía en riesgo de su propia vida -se entiende un poco más lo anterior al enterarnos que muchos de estos hombres fueron condecorados póstumamente-, y analizamos con cuidado cada caso, encontramos una disyuntiva importante, y es eso mismo por lo que son honrados, el riesgo de su propia vida. La mayoría de los casos en la guerra de Vietnam, fueron a hombres que murieron por su pelotón, y con más exactitud, causados por heridas mortales de granada, producidas por haberse expuesto de manera consciente y directa a tal peligro. Podemos ver el caso de James Anderson, Jr. y Richard A. Anderson, que en sus citaciones en la entrega de la Medalla de Honor, podemos leer casi lo mismo:  “for covering an enemy grenade with his body to protect fellow Marines”; y también tenemos el caso del único mexicano -nacido en el Distrito Federal y posteriormente naturalizado estadounidense- condecorado en la guerra de Vietnam con la Medalla de Honor, de José Francisco Jiménez, que un 28 de agosto de 1969, murió mientras atacaba con valentía, después de hacer un daño considerable al ejército de Vietnam del Norte, destruyendo incluso armamento antiaéreo. Cito el momento de su muerte: “Although he was by now the target of concentrated fire from hostile gunners intent upon halting his assault, Lance Corporal Jimenez continued to press forward. As he moved to attack another enemy soldier, he was mortally wounded”. Y fue así como la vida del Lance Corporal Jiménez terminó en la provincia de Quang Nam.

Con el fracaso de la selección mexicana de fútbol en el Mundial de Sudáfrica 2010, podemos ver que nadie, sin excepción, piensa en el bien común. Si en los anteriores casos mencionados en la guerra de Vietnam podemos ver a individuos, abandonarse a si mismos por el bien del pelotón, ¿por qué entonces en una justa deportiva no sucede lo mismo?, ¿por qué?

Una de las tantas cosas que nos ha enseñado el Mundial de Sudáfrica es la importancia de trabajar en equipo. Ya hemos visto fracasar a estrellas deportivas como Ronaldo, Rooney, Messi, entre otros, porque simplemente no existió una armonía de conjunto. Al igual que en cualquier batalla bélica, un individuo es tan importante como los otros, y eso es lo que hace y constituye a un ejército. Sí volvemos a revisar la historia, uno de los factores que fueron importantes para que los romanos -aparte de su excelsa táctica y sus formaciones precisas- fueran uno de los mejores ejércitos constituidos de la Europa antigua, fue sin duda el orden y la unión entre el ejército y sus generales, en resumen, una vez más, el trabajo en conjunto.

Si analizamos la siguiente frase: todo es cultura, entendemos entonces que el deporte también lo es. Y no es para menos, cuando México adoptó al fútbol soccer como deporte nacional -a través de la historia los deportes han sido esencia y representación cultural-, en otras áreas del país, sin embargo, el béisbol -en el norte es pieza fundamental del acontecer semanal- y el fútbol americano comienzan a tener más seguidores. Pero es en el fútbol en donde la mayoría de la gente se siente identificada. Entonces es por lógica que los recursos humanos abunden en ese sector, sobre todo, en donde los jóvenes pueden tener mayores oportunidades. Pero eso es otra cosa que nos enseñó este mundial de Sudáfrica 2010, que la juventud en México no tiene ninguna esperanza, y que éste es un país para viejos.

México, a diferencia de países europeos como España, Italia o Alemania, no tiene un problema de natalicios. Por ejemplo, en España como en otras naciones europeas, el gobierno ha implementado estrategias urgentes para solventar dicho conflicto, y esa es incentivar a las parejas para tener un hijo, dándoles una cantidad económica considerable mensual como apoyo para la manutención de los infantes. En México, los embarazos no cesan, y esto tiene su lado positivo y negativo. No entraré en detalle acerca del lado negativo, sino en el positivo para tratar el tema desde ese aspecto. Siendo el fútbol soccer el deporte profesional mejor pagado en México, e incluso, de latinoamérica, no está dando los resultados requeridos por una población ávida de victorias y progreso, ¿y por qué es importante dicha población?, porque es ella la que mantiene vigente a este deporte, y porque ya esta cansada de ser derrotada, deportivamente hablando.

En palabras del ex director técnico de la selección mexicana de fútbol, México llegaba al mundial con una de sus mejores selecciones. Y el país entero tuvo esperanza, esperanza que no estaba mal fundamentada si cualquiera revisaba la lista de seleccionados que acudieron al certamen. Pero algo incongruente sucedió durante todo el mundial, y fueron básicamente decisiones del director técnico Javier Aguirre. Parecía estar claro a frenar a la juventud. En primer lugar, en cortar a un joven como Jonathan Dos Santos, que si bien es una promesa, también, es una realidad que le falta madurar, pero aún así, pudo haberlo llevado, y prefirió llevar a un Adolfo Bautista viejo, desencajado y mediocre. Siguió con el joven arquero Guillermo Ochoa, que lejos de ser la imagen publicitaria de la selección mexicana, es un jugador que se ha ganado ser titular en la portería mexicana por sus excelsas actuaciones con el equipo América. En su lugar colocó a un “Conejo” Pérez decadente, demasiado pequeño para cubrir una posición que sólo personas de altura considerable pueden hacerlo, pero parece que México es el único país que manda “enanos” a los tres postes, el otro caso es el conocido Jorge Campos. Muy pocos lo recuerdan pero, el “Conejo” Pérez había tenido una temporada nefasta con su equipo Jaguares, que ya no le quiso renovar el contrato. Después siguió con Javier “Chícharo” Hernández -un joven que ha sido contratado por el ManU y que era evidente su buen momento futbolístico-, sustituyéndolo por un acabado Guillermo Franco. Curiosamente dos jugadores que fueron titulares en la selección mexicana, Pérez y Franco, no tenían contrato con ningún equipo. Y así podemos hablar de los casos de Andrés Guardado, referente en el Depor, y con “Dinamita” Barrera, quién en cada partido demostró merecer la titularidad. De esta manera el seleccionado mexicano fracasó: con el “Conejo” Pérez fallando en un balón casi rutinario en el primer gol de la seleccion argentina y doblando las piernas en el segundo gol, antecedente a un error de Ricardo Osorio; y con un “Guille” Franco carente de tino goleador. Todos ellos pertenecientes a la llamada “gente de experiencia”. Lo increíble aquí es que ninguno de estos individuos tuvo el valor de hacerse a un lado y cederle el camino a uno de sus compañeros jóvenes a costa de si mismos. A costa de ese “sueño” nacional. Ninguno se hizo a un lado por el bien común. Solo importó la gloria personal, y en un equipo, la gloria personal no existe.

Podemos hablar de problemas de fondo, de la directiva, de la Federación, de los dueños, de la mafia que empaña el fútbol profesional en México, del caciquismo, etc. Lo cierto es que en el campo de juego las historias se construyen de manera alterna a eso. Y las decisiones ahí fueron erróneas. Pero hay algo más de fondo, y es eso de lo que carecen aquellos hombres que solo miran la vida para sí mismos, eso que aquellos hombres han entregado en el campo de batalla: la vida propia en beneficio del bien común.

Julio 2010.

Categorías:Deporte

El periodismo, mutilado

Al periodismo lo han mutilado, y uno de los principales factores se debe a una de sus actividades, la noticia. La noticia por su naturaleza es efímera, pero al mismo tiempo, tiene la posibilidad de ser perpetua. Entre algunas características del periodismo se encuentra la de jerarquizar la noticia. Entonces nos encontramos ante una cuestión lógica, ¿como y qué se debe jerarquizar?, y ante todo, ¿sobre que criterios?

En los últimos años, aquellos que conforman el ámbito periodístico en México, han cercenado su profesión, la han prostituido. ¿Por qué?, debido a que sus miembros han jerarquizado a la noticia a partir de la miseria y el desconcierto, dándole prioridad a la nota roja. Por ejemplo, tan solo el periódico “El Universal”, el cual no contiene una sección de nota roja, además de desaparecer el suplemento cultural Confabulario, ha desplazado cada vez más a la sección cultura, al grado de mezclarla con el “mundo de los espectáculos”. Si uno desea encontrar dicha sección en su versión digital, será bastante difícil.

En tiempos recientes, al menos en México, lo único que percibe la sociedad por parte de los medios de comunicación es temor, temor acompañado con noticias desoladoras, y pareciera que la esperanza hubiera muerto y que el caos es lo único que podemos palpar a diario. Se dice que un reportero no debe medir las consecuencias de una nota periodística o la información noticiosa, o las repercusiones que esta tendrá en la sociedad, pero, ¿es esto algo honesto? Parece que el periodismo contiene en ocasiones, una especie de romanticismo mal encausado, y eso se debe a las ya legendarias frases del mismo: protección de la fuente o la defensa de la noticia a cualquier costo, aunque en ocasiones las fuentes o la noticia sean cuestionables.

Hace algunas emisiones en el programa periodístico Primer grado, invitaron al escritor Hector Aguilar Camín, quién mencionó precisamente lo que refuerzo aquí, que los medios estaban dando un panorama erróneo a la sociedad. Con “datos duros”, como dicen los periodistas, el escritor demostró que los medios se estaban equivocando al dar un ambiente muy distinto a la realidad, mencionando que los números de homicidios en los últimos años, no nos colocaban como el país más peligroso -algunos medios mencionaron incluso que México era más conflictivo que Irak- del mundo, poniendo como ejemplos a Brasil, o solo a la ciudad de Washington, por arriba de nuestro país en materia de seguridad, agregando, y más importante, que los homicidios dolosos incluso habían disminuido. Los periodistas, que por cierto, no dijeron mucho y solo defendieron la jerarquía de la información, en un intento de justificar sus acciones periodísticas, se pasaron de los homicidios a la extorsión y a los secuestros para intentar dar un motivo aparente de lo que ellos perciben como un sosiego social generalizado.

Mientras escribo estas líneas, existe gente que lamentablemente se encuentra privada de su libertad por diferentes causas o esta siendo asesinada, pero ninguna agencia noticiosa o informativa se ocupa de dar seguimiento a estos casos tan ordinarios, pero que suceden tan a menudo, incluso, bajo el resguardo de las autoridades. Nadie levanta la mano para hablar del caso de Juan “N” o Teresa “Q”, o del niño Rigoberto “K”. Nadie. A sabiendas incluso que, es a través de estos casos en donde se puede medir mejor la realidad. Por ejemplo, si uno entra a la página web de la Procuraduría del Distrito Federal, e ingresa a la sección Sala de prensa, podrá darse uno cuenta que la mayoría de los homicidios dolosos son entre individuos que se conocían, es decir, son casos aislados, personales. ¿Será por esa razón que no importan para el medio periodístico? Pero que sucede cuando “El jefe Diego” es “levantado”, entonces, ya la prensa encuentra un motivo para vender más o producir alarma, pero nadie se detiene a pensar que estos casos tienen tal vez más cuestiones personales atrás, que el caso de Juan “N”. Y de pronto, todos rezan por “El jefe Diego”, pero nadie por el niño Rigoberto “Q”. Claro, sé entiende que esa es exactamente la función de la jerarquía informativa, pero, ¿tener esa nota por más de dos semanas?, suena a morbo. Y con esa naturaleza podemos encontrar más “notas”, el caso Paulette, caso Cabañas, o todo lo que trate de narcotráfico, pero pocas veces nos encontramos con noticias o investigaciones acerca de cultura o educación, que tanto hacen falta a México, y si esas investigaciones logran se publicadas, son rezagadas hasta las últimas páginas.

Hoy en día vemos cada vez más a periodistas de “estufa” que a profesionales del periodismo que no encuentran diferencia entre la importancia social de su trabajo y el éxito individual. Ya lo vimos con el fotógrafo Valente, de El Universal, quién fue el autor de la famosa fotografía del capo Beltrán Leyva, cuando yacía muerto a la entrada de su lujoso departamento en Cuernavaca, y a quién en primera instancia, dicho diario presumió de la autoría a su fotógrafo, aunque después de la controversia desatada por la forma en que se fotografió el cadáver del narcotraficante, el diario de inmediato protegió a su elemento. Entonces, ¿que es más importante, el logro personal, o el deber simple y llano de informar?

Y de pronto nos damos cuenta que todo se trata -en esta época moderna- de ventas, de publicidad, de marketing, de rating, de promoción, de éxito personal a pesar de laborar en empresas que imparten servicios públicos. Parece que todo se trata de eso, de singularidad, de subjetividad y falta de ética, de alarma e impartición de miedo. De eso se trata querido lector y esta en nuestras manos decidir que creer, porque también es nuestro deber, informarnos de fuentes ajenas a las “oficiales”, y esas, en muchas ocasiones no las encontramos en los puestos de periódico y revistas. Entre el rumor, el chisme y el supuesto parece haber una línea afín, y parece que esa línea es la de mayor jerarquía informativa -en la mayoría de los casos- en el periodismo de nuestro país.

Mayo 2010.

Categorías:Sociedad

El enemigo en casa

En las primeras horas del 26 de diciembre de 1996, dos días después de navidad, Patricia “Patsy” Ramsey descubrió que su hija se encontraba perdida después de haber hallado una nota que exigía el pago por la liberación de la reina de belleza de seis años. Su padre, John Bennett Ramsey, un poderoso millonario de Colorado, hizo una llamada al famoso 911 para denunciar -aún con la instrucción de no hacerlo- el secuestro de JonBenét Ramsey.

Después de una primera búsqueda general en la casa, alrededor de la una de la tarde de ese mismo 26 de diciembre, su padre, junto con un amigo, encontró el cuerpo sin vida de la pequeña en el sótano de casa. El padre llevó el cuerpo de su hija hasta la planta baja -alterando la escena del crimen-, en donde dio avisó a las autoridades de lo ocurrido. El caso de inmediato fue una noticia nacional, y la indignación de la sociedad fue general, ¿por qué?, la muerte de una infante a manos de un adulto.

De pronto, los medios de comunicación abordaron la noticia -como siempre en este tipo de eventos- con profundidad y los cuestionamientos comenzaron a fluir, sobre todo, en contra de la familia. ¿Como era posible que alguien -digamos cualquier persona- muera en su propia casa y nadie se entere?, sobre todo cuando se trata de una pequeña de 6 años que, seguramente debía -aunque esto no supone lógica- estar al cuidado de sus padres en todo momento. Muchas preguntas se formularon, lo cierto es que ninguna de ellas tuvo respuesta. Después de diez años, la madre de JonBenét, Patricia Ramsey -una principal sospechosa en el caso- murió de cáncer de ovario, y un “asesino” confeso, fue desechado por la justicia norteamericana tras descubrir que en realidad era un hombre más que deseaba llamar la atención. El caso permanece como un misterio. Y en verdad, un misterio.

¿Le parece conocido este caso, querido lector?

Esta mañana, mientras dejaba a mi mujer a su trabajo, me preguntó sobre el caso de Paulette, una niña bella, -proveniente de una familia acomodada que, cuyo único “defecto” era tener una discapacidad motriz- que había desaparecido días antes. Hacía un día, apenas me había informado del caso. Recordé a la niña cuando vi su fotografía, era la misma que aparecía en Facebook en el perfil de una amiga. Recuerdo que puse la siguiente leyenda -o al menos eso recuerdo- al enterarme que se encontraba desaparecida: me deprimen este tipo de cosas, espero que este bien. Pero no, no lo estaba. Sé que rezar no funciona, así que le desee lo mejor, pero tampoco funcionó. Cuando nos enteremos en los medios el destino final de la pequeña Paulette, creo que todos los que le deseamos bienestar, quedamos abatidos. Comencé a preguntarme demasiadas cosas.

Mossa me dijo que ya habían encontrado el cuerpo de la pequeña. Comencé -no sé por que razón, supongo por lo que sabía del acontecimiento- a platicarle la historia fatídica de JonBenét Ramsey. Hice hincapié en lo similar del caso -aunque todavía no sabía la localización del cuerpo- y ella se sorprendió al escuchar la historia. Concluí que nunca se había resuelto el caso y que era uno de esos grandes misterios en la historia de la ciencia forense y la criminalística norteamericana. Entonces, justo cuando doy vuelta para dejarla, por la radio nos enteramos que el cuerpo de la pequeña Paulette había sido hallado en su casa. Mi expresión fue de sorpresa y creo emití un sonido que denotó acierto. De inmediato pensé en la madre, después en el esposo y al final en los dos. Una vez más, la pregunta, ¿como es posible que el cuerpo de su hija, haya pasado tantos días ahí, muerta, a un lado de la cama?

Estados Unidos de Norteamérica utiliza las mejores técnicas en la investigación de homicidios, pero en el caso de JonBenét, simplemente fueron inútiles, aún con muestras de ADN -instrumento que siempre se utiliza para amedrentar a cualquier delincuente-, no han sido capaces de esclarecer un caso -en apariencia simple- que se ha tornado complicado. Hay dos evidencias que pueden ser contundentes -vello púbico y semen-, las cuales han mantenido a la familia fuera de toda sospecha legal -no así de la social-, pero, ¿en realidad fue un extraño el que mano a la niña JonBenét?, al final, evidencias pueden plantarse en cualquier momento y en cualquier parte del mundo, y también, cómplices hay siempre. Pero la pregunta esencial es, ¿por qué?

Ahora, la “justicia” mexicana tiene en sus manos un caso similar, pero en apariencia -también, ¿por qué no?-, más fácil. Todo parece indicar que la pequeña era un disgusto para sus padres, y que la madre y el padre -en base a investigaciones especializadas- no la estimaban mucho, una de las razones posibles es ese pequeño -aunque no para ellos, eso es seguro, si es el caso- defecto motriz que poseía la niña. Aquí entonces el por qué comienza a salir a la luz. Pero, ¿en verdad es suficiente?

Paulette ha muerto y, a pesar de todo, aún queda la sensación de desconcierto, de saber que, hasta en casa puede haber enemigos, lo peor, bastante cercanos. Y nos preguntamos si es suficiente cuidarse en la calle, respirar tensión, agradecer estar vivos si, al llegar a casa, nos aguarda nuestro destino último.

México, marzo 2010.

Categorías:Crimen

Indie, o la necesidad por recordar

marzo 10, 2010 1 Comentario

Clasificar se vuelve una necesidad, sobre todo cuando parece que nada esta dicho, que en realidad, las cosas son distintas de lo que aparentan, entonces, una sensación de ansiedad nos envuelve y comenzamos por buscar la raíz de aquello que notamos o preferimos mantener distinto, para poder nombrarlo, distinguirlo, convertirlo en una novedad. Pero en muchos de los casos, no puede ser así. Esto sucede con el mal llamado género musical indie, y cuyo auge en los últimos años ha retomado fuerza -recordemos que desde los años veinte, o bien, desde la primera aparición de grandes corporaciones discográficas dentro de la industria musical, estas siempre han sido desafiadas por disqueras pequeñas independientes-. No se necesita ser un sabio o un erudito para saber que la palabra indie, proviene del diminutivo de la palabra en idioma inglés independent, y que no significa otra cosa que “independiente”, refiriéndose dicha independencia en el ámbito musical a todo aquello que se elabora de manera autónoma. Esto, también, no es nada novedoso, a finales de los años setenta, la filosofía punk ya proclamaba el Do it yourself (DIY), y grupos como Crass, elaboraban su material ajeno a las disqueras profesionales.

Desde la aparición de la computadora en 1940 por John von Neumann, así como la del internet por Tim Berners-Lee en 1989, la posibilidad de elaborar cualquier proyecto se ha convertido en una tarea cada vez más fácil y práctica. Con el paso de los años, así como la de diversos programas (software) para la edición y programación o producción de música, vídeo o fotografía, lo anterior, no tardaría en albergar a cualquier área artística. Posteriormente, dos sitios alentaron este tipo de actividades, Youtube y Myspace, el primero, enfocado al albergue de vídeo y el segundo, a la música. Entonces, muchos jóvenes tuvieron a la mano las herramientas necesarias para poder realizar sus proyectos sin la necesidad del respaldo de terceros, y así enfrentar a los grandes monopolios. Lo siguiente fue que esos proyectos -en este caso la música- se convirtieron de culto, sobre todo por la dificultad de ser conseguidos y por no ser del conocimiento popular. A este tipo de artistas se les comenzó a llamar independientes, y poco a poco fueron clasificados en el género erróneo indie.

El indie se convirtió entonces en un “género musical” que la mayoría de los jóvenes abrazaron con fuerza, ante la necesidad por encontrar algo novedoso o cool, o solo para mantener esa postura snob ante aquellos que ignoran la otra realidad de las cosas, aquellos que se quedan con lo que se les da. Lo cierto es que también ellos resultan ser engañados, porque toda esa corriente musical que el indie abarca, esta llena de géneros pasados y que en su momento fueron considerados contraculturales o underground por una sociedad que siempre ha mantenido a raya a todos los anormales que se adhieren a cierto tipo de conductas extravagantes o que se encuentren fuera de cualquier normatividad social. Estos jóvenes se abanderaron con grupos como Joy Division o los Ramones, solo después de haber escuchado primero a Interpol, a Editors o a los White Stripes. Pareciera que todo lo hicieron al revés. Lo cierto es que aún desconocen en muchos casos el new wave o el post-punk, aún cuando lo escuchan en artistas que ellos consideran dentro del género indie. Y después de comenzado el asunto, no bastó con eso y se trasladaron también al género musical de la electrónica. Grupos como Junior Boys o Cut Copy -del llamado indie-electronic- encuentran similitudes con el añejo Luomo (Vladislav Delay) o con el grupo Swayzak, sobre todo, el Last exit (que en lo personal me parece un excelente disco) de los Junior Boys con el Paper tigers de Luomo (que me gusta menos). Pero la realidad es otra, y muchos de estos grupos, por ejemplo, Interpol, Editors, Bat for Lashes, Nico Vega -que se ha adherido al sello discográfico de Myspace-, entre muchos otros, ya no son independientes. El ser independiente es un estado primario, un paso a la antesala de la fama. Son pocos los que permanecen estoicos ante la emancipación. Muchos, los que terminan engrosando las filas del mainstream.

Recientemente he comprado el disco de To lose my life… (To lose my life or lose my love, Fiction, 2009) del grupo White Lies. La primera vez que los escuché me pareció estar escuchando una versión moderna de los Talk Talk y una batería que me recordó a Stephen Morris de Joy Division. Pero no, eran los White Lies, y estaba escuchando la canción “Farewell to the fairground”. Cuando menos lo noté, ya tenía el álbum sonando en mi sala. Y es que me hicieron recordar muchísimo una de las épocas más fructíferas de la música, el post-punk, que fue la antesala al new wave. A los White Lies los clasifican de tres maneras, primero como post-punk (cosa que me parece correcta), como indie rock (cosa que me molesta bastante) y como alternative rock (cosa que me vuelve a reconfortar, solo un tanto, porque algo dentro de mí sabe que solo se le puede clasificar de una manera y esa es la primera clasificación dada). Me pregunto entonces, ¿si todo eso es una necesidad por crear algo supuestamente diferente o es una cruzada por intentar hacerle creer al mundo que nos encontramos ante una novedad?

Los jóvenes ahora los vemos con esos pantalones ajustados a las piernas, e incluso a la cadera. Con esa combinación rara entre hippies y post-punks. Observamos también a las mujeres vestidas a la Karen O, sin saber que ya Siouxsie Sioux había hecho lo mismo generaciones atrás. Y de pronto me percato que toda expresión artística o cultural se extraña un tanto -es por eso que en la moda, las botas altas hasta las rodillas, esas que llevaba Julia Roberts en Pretty woman se han puesto de moda otra vez-, y el ser humano hace todo por volverla a la vida, para vivir lo que no se pudo, porque siendo sinceros, siempre tenemos la necesidad de recordar, aunque sea un poco.

México, marzo 2010.

Vídeos

White Lies, “”Farewell to the fairground”

Talk Talk, “Such a shame”

Categorías:Música

Duerme, guardián

enero 30, 2010 1 Comentario

Mi oficina es un cuarto mediano, solitario. Frente a la puerta, en una esquina, se encuentra mi escritorio, y lo tengo así, porque tomo muy en serio el consejo que Stephen King nos dan en su libro Mientras escribo (Plaza & Janés Editores, 2001). Es una especie de libro-guía. Algo como un manual, pero que no lo es del todo, porque también es autobiográfico. Cito a King: “Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés”. Tampoco soy muy afecto a seguir estilos de vida ajenos, pero soy un hombre que aprende a escuchar cada día. Desde entonces aprecio consejos como el anterior. A mi costado esta una mesa pequeña, pertenecía al escritorio antiguo de mi mujer, pero nos pareció correcto salvar solo ese cubo de madera que ahora me sirve para colocar el ordenador y algunas fotografías de ella y de mi hijo Carlo. En la pared que se encuentra frente a mí, tengo imágenes de algunas mujeres que han dejado demasiado en mí, son en su mayoría actrices y modelos. La pared que tengo a mi izquierda comienza a llenarse de fotografías de escritores a los que aprecio bastante. No son muchos, solo los que me han dejado ánimos para volver a leerlos, las veces que sean necesarias. En dicha pared se encuentran James Agee, Cesare Pavese, Martin Amis, Jack Kerouac, David Foster Wallace, John Banville, Andrés Caicedo, Ryonosuke Akutagawa, William Butler Yeats, Philip Roth, Julio Cortázar, F. Scott Fitzgerald, Michael Chabon, J. M. Coetzee, Raymond Carver y J. D. Salinger. Anteayer por la noche, mientras leía el periódico, me enteré que Salinger había muerto.

Mentiría si dijera que conocí a Salinger en una de mis clases de literatura. Cierto día, en la clase de Cuento I, nos pidieron nombrar a un personaje ficticio sacado de alguna obra. No vacilé al decir Holden Caulfield. Mis compañeros no lo conocían, incluso, ni a Salinger. Comprendí entonces que a pesar de ser el autor de uno de los libros de literatura norteamericana más importantes, básicos en la literatura inglesa, aún, en ciertos sectores, no es muy conocido. En lo personal, me encontré con Salinger -como supongo ha sucedido con muchas personas- por medio del asesinato de Lennon. De inmediato me intrigó, y en cuestión de minutos ya buscaba con intensidad en la internet sus trabajos.

En ocasiones es lamentable que a ciertos escritores se les conozca más por algunas obras menos importantes en calidad artística literaria -caso Mario Puzo- que en otras, pero con Salinger no sucede eso. Basta decir que sus obras de relatos cortos (short stories) son bastante interesantes, y me atrevo a decir que Raymond Carver y él, son los más prolíficos en esta área. Pero El guardián entre el centeno (The catcher in the rye en inglés) de Salinger es algo único. Parte de su éxito radica en su fuerza y ritmo narrativo, pero también, en la perfecta construcción de personajes ya la psicología de estos. Aparte de eso, El guardián entre el centeno se colocó perfecto entre la juventud norteamericana, que ya venía acusando los efectos de las teorías existencialistas de Sartre, Camus o Beauvoir -por mencionar algunos-, que en algunos casos, manifestaron este pensamiento en historias de ficción. Lejos de representarnos a un joven disgustado con la humanidad, pero que, sin embargo, aún guarda su fe en ciertas personas que él ama con ahínco, una fe que parece estar depositada aún en la pureza del ser humano -como lo es su hermana Phoebe y en general a toda su familia, aunque con intensidad menor-, en la ingenuidad que posteriormente será corrompida por la sociedad, la novela es en general, triste, llena de angustia y de falsas esperanzas. Y que también, así finaliza.

El guardián entre el centeno es como el Manhattan transfer de John Dos Pasos. Tienen la misma naturaleza. Una oda al desinterés y el vació de una sociedad contemporánea que continuamente se encuentra en decadencia, solo que en El guardián las cosas suceden de una manera tan natural, tan simple, pero al mismo tiempo, en el fondo, tan complicadas. Y eso es lo que continuamente nos mantiene pensando, lo complejidad disfrazada de normalidad. Porque al leer a Salinger, al escuchar narrar a Caulfield, nos percatamos que es él quién habla por nosotros, quién alza la voz para señalar con el dedo índice y con la voz en alto, a una sociedad corrompida, estancada y vacía. “Cuando Maurice abriera las puertas me encontraría esperándole, con el revólver en la mano. Comenzaría a suplicarme con voz temblorosa, de cobarde, para que le perdonara. Pero yo dispararía sin piedad. Seis tiros directos al estómago gordo y peludo”. De pronto tenemos a un héroe juvenil, que habla en favor de la adolescencia, esa que tanto tiende a ser sincera, pero que, inevitablemente se sabe, caerá en la alteración adulta. ¿Será por eso que, también Caicedo o Curtis se suicidaron antes de atravesar esa línea delgada entre lo eterno y lo decadente?

Contrario a muchas opiniones, algunos le agradecemos a Salinger el valor o el desequilibrio -porque se sabe que era un huraño empedernido, consumido por su propio yo- por no haber publicado demasiado. El haberse suicidado mucho antes de su muerte, a los 91 años. Y es que, a pesar de todo, Salinger es el significado real de eso que muchos apreciamos, el termino de culto. Estrictamente hablando, en el termino de culto (Del lat. cultus), no viene un significado que pueda encajar con lo que para los jóvenes -con mayor precisión- denominamos de esa manera a todo aquello que, no es popular pero en su hechura, tiene un valor histórico y artístico que se considera especial, único o precursor. Pongamos también el caso de On the road (En el camino, en su traducción al español) de Kerouac. Pero encuentro un significado que puede representar lo anterior: admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas. Y la Academia Real Española nos pone un ejemplo, rendir culto a la belleza. Entonces todo parece encajar.

El guardián ha muerto. Ahora viene lo interesante. La muerte vende -y no hablaremos de lo costoso que resulta morir, como si fuera un chiste de humor negro-, se decía después del suicidio de Ian Curtis, cantante de la agrupación inglesa Joy Division, otro ejemplo claro de lo que podemos llamar culto. Después de la muerte de Curtis, se han sacado infinidad de libros acerca de la agrupación como de su persona. Yo, personalmente tengo el famoso Touching from a distance (Faber and Faber, 1995), libro de memorias que versa sobre la vida de Ian, escrito por su entonces esposa Deborah Curtis -quién a pesar de casarse de nuevo años posteriores, nunca se quitó el apellido Curtis-, y del cual se elaboró la película dirigida por Anton Corbjin, Control. De Caicedo ha pasado lo mismo. El pasado martes, como regalo de cumpleaños, me compré El cuento de mi vida (Norma, 2008), una especie de biografía-diario, con algunas cartas, dos de ellas del día de su suicidio, del escritor colombiano. Y también ha sucedido con Cortázar, Tolkien u Octavio Paz, o con Sabines, cuyas cartas a Chepita han sido publicadas el año pasado. Ahora, habrá que saber esperar por lo que venga de Salinger.

Así ha muerto el guardián, con la tranquilidad a cuestas, caso curioso, un hombre cuya vida, siempre en turbulencia y generadora de leyendas urbanas y usado como instrumento de dos mujeres importantes en su vida -su hija y una amante hicieron crecer su fama de hombre freak, al reforzar los rumores de que era un hombre extraño, anormal-, después de publicar cada quién, un libro acerca de su persona; pero la vida de Salinger va más allá de eso, y basta leer su -por ahora- corta producción literaria, para apreciar a un hombre cuya pasión por las letras lo consumió. Pero es en ocasiones, esa producción corta la que dice más que miles de libros de literatura universal.

2010

Categorías:Literatura

Larga espera

Era el primero de enero de 1992. El equipo de fútbol americano de la Universidad de Alabama había sido invitado para enfrentarse a sus similares de la Universidad de Miami, en lo que sería la primera final de campeonato nacional bajo la tutela del Bowl Coalition, un predecesor del ahora Bowl Championship Series. Alabama llegaba como el número 2 de la nación, con un record de 12-0-0. El número 1, Miami, llegaba con un record de 11-0-0, y defendía el titulo nacional colegial. Para muchos, Miami conseguiría el bicampeonato, escoltados por el entonces premio Heisman, Gino Torreta, quién después jugaría para los Vikingos de Minnesota. Pero algo había dentro del equipo de Alabama que parecía hacerlos invencibles y que, de antemano, un mes antes, había pasado su mejor prueba al vencer a la Universidad de Florida (8-3) por 28 puntos a 21. Para muchos, la final adelantada. Miami por el contrario, había pasado 4 encuentros de manera ahogada, Arizona, Florida State, Penn State y Syracuse. Ellos no tuvieron final de conferencia.

El partido en aquel entonces, hasta la primera mitad parecía anormal, con la Marea púrpura adelante por 13 a 3, pero alcanzable para Miami. Sin embargo, para el segundo capítulo del encuentro todo fue diferente para los de la Florida, y bastante apremiante para los de Tuscaloosa, anotando 21 puntos y dejando solo en 7 a los Canes, para un marcador final de 34 a 13. Aquel día Gino Torreta desapareció, siendo interceptado en tres ocasiones, e incluso, al final de la temporada, cuestionado acerca de su obtención del Heisman. Aquel día primero de enero de 1992, en el domo de Louisiana, Alabama ganó con autoridad su campeonato número 12, séptimo desde la era de 1950, cuando se instaura el sistema de rankings (el cual es llevado por diferentes asociaciones y que van definiendo el destino del campeonato nacional de fútbol americano colegial), y así fue que comenzó la espera.

Lo que vino después de aquel campeonato fueron claro-oscuros. La segunda edad media de la Marea. De aquel año hasta el 2008, habían ganado 6 tazones, perdido 5, y en otras cinco ocasiones (1995, 1997, 2000, 2002 y 2003) no fueron invitados a ninguno, nada peor desde aquellos cuatros años fatídicos (1954-58), en donde el coach Jennings B. Whitworth figuró como el representante de la época más perdedora de la universidad. También, en el 2000, la NCAA sancionó a la universidad por un supuesto soborno para que un jugador firmara con Alabama, colocándola fuera de cualquier tazón por dos años (2002-03) y con cinco años de probación en donde no podían ser elegibles para competir por el campeonato nacional. En la universidad ya se comenzaba a sentir esa desesperación por revivir viejas glorias, y tras el fracaso de Dennis Franchione, contrataron a quién fue su quarterback titular en los años 1984-86, Mike Shula. Pero Shula tampoco pudo sacar a flote a un equipo que parecía destinado al fracaso, y tras un trabajo mediocre ganando solo un tazón de tres en los que participó como head coach de la Marea púrpura, fue despedido para 2006.

Parece que los directivos universitarios deseaban recuperar los tiempos dorados, y estaban dispuestos a cualquier costo, por llevar a la Universidad de Alabama a los primeros lugares. Contrataron para la temporada del 2007, a Nick Saban, quién se encontraba en aquel entonces como head coach de los Delfines de Miami, en la liga profesional de fútbol americano en los Estados Unidos (NFL). El contrato fue millonario (32 millones de dólares), y las expectativas demasiadas. Saban, quién ya había sido campeón en el 2003 como head coach de la Estatal de Louisiana, y quién es conocido como un personaje controvertido, y sobre todo interesado, tomó las riendas de un equipo que ni siquiera estaba en fase de reconstrucción. Pero Saban comenzó a realizar ese trabajo.

Para su primera temporada con la Marea púrpura, dejó al equipo en un tercer lugar de conferencia, con una temporada apenas ganadora (7-6) y un discreto triunfo en el Independence Bowl en contra de los Búfalos de Colorado por 30-24. Para la segunda temporada, quedó claro que Saban trabaja a corto plazo. De manera increíble, llevó al equipo a ocupar el número uno de la nación, situación que no lograban desde 1981. Fue hasta el final de conferencia, en contra de la Universidad de Florida, que perdieron ese privilegio. Alabama quedó entonces con una marca de 12-2 -una segunda derrota en el Sugar Bowl en contra los Utes de la Universidad de Utah por 31-17-, en el sexto del ranking nacional y a un paso de llegar al campeonato nacional. Curiosamente, los dos partidos que perdieron, fueron en contra de los dos campeones nacionales (cabe señalar que en muchas ocasiones, el campeonato es compartido, aunque exista una final determinada por los rankings).

Un año después todo fue diferente, y parecía que la historia se repetía desde aquel lejano 1992. Alabama por esa ocasión llegaba como número dos de la nación, y se enfrentaba, en la final de conferencia, contra el número uno, un rival de antaño, y quiénes los habían derrotado un año antes, la Universidad de Florida. Pero nada fue igual que aquel Sugar Bowl de 1993. Alabama mantuvo en línea a una de las mejores ofensivas del país, y con ello, destrozaron a los que parecían ser los campeones por segundo año consecutivo. El marcador final fue 32 puntos a 13.

Tuvieron que pasar 17 años para que la Universidad de Alabama llegara a una final, en esta ocasión en contra de una de las pocas universidades que los ha mantenido en jaque en ocho partidos que han disputado en diferentes épocas, la Universidad de Texas. La marca era de 7-0-1, en favor de los Longhorns. El único partido que Alabama había logrado empatar, fue en 1960. Las estadísticas históricas parecían apuntar en favor de los tejanos, sin embargo, la historia también decía que el Rose Bowl le venía bien a la Marea. Alabama es la única universidad ajena a las conferencias del Big Ten o a la Pac-10 -conferencias que tienen la exclusiva en el Rose Bowl-, que ostenta más apariciones en dicho juego, con buenos números, de seis apariciones, 5 de ellas victorias y un empate; pero las estadísticas de la temporada pasada, decían otra cosa. Alabama venía de ganar su primer premio Heismann en la historia, con Mark Ingram, y su defensiva había demostrado en la final de conferencia su fuerza. Texas, por el contrario había mostrado debilidad en todos sus departamentos en su último partido contra Nebraska, y era cosa seria. De esta manera, el uno y el dos se enfrentaban en Pasadena, California.

Después de un primer cuarto inestable para Alabama, quién ya había recibido dos goles da campo y encontrarse abajo por seis, el segundo fue mucho mejor y fue la clave para ganar el partido. Aunque la salida temprana de Colt McCoy -producto de un golpe certero por parte de un jugador de Alabama- minó la ofensiva tejana, estaba claro que Texas carecía de ofensiva, y fue solo al final del tercer cuarto y a la mitad del último que la única potencia ofensiva de los Cuernos largos, era una combinación simple entre Gilbert y Shipley. Para la tercera ofensiva de los tejanos, la defensiva de Alabama tenía algo claro: disparar con los linebackers, cosa que no había hecho Alabama en las dos defensivas anteriores. Y fue eso, un disparo del linebacker Eryk Anders quién obligó a Gilbert a perder el balón. Lo demás es historia. Un 37-21 en favor de la Marea. Alabama ganaba su 13vo. titulo aclamado por la universidad, su 17vo. campeonato según la NCAA, o su 12vo. titulo según la College Football Data Warehouse (CFBDW). Como sea, la Universidad de Alabama se encuentra entre las más ganadoras de la historia del fútbol americano colegial en los Estados Unidos, solo abajo de Princeton y Yale, cuyos últimos campeonatos datan de 1950, y 1926 respectivamente.

Parece que todo volvió a la normalidad después de una espera larga. Que el campeonato regresó a su dueño legítimo. Algunos dicen que vuelven las épocas de gloria, al menos ese es el sentimiento que inunda los pasillos de la universidad. Otros, que Nick Saban tendrá en un futuro no muy lejano, casi como un hecho, una estatua de bronce como la de “Bear” Bryant, y es que tan solo en tres temporadas llevó a un equipo sin esperanza, a la perfección, ya lo había hecho con la Universidad Estatal de Louisiana (LSU), en cuatro. Pero en realidad nada de eso importa. La tempestad pasó y la calma llegó; y es hermoso ver volver a un equipo de glorias pasadas, buscar las nuevas. Porque hay equipos prescindibles en cualquier deporte, y en este, la Universidad de Alabama es uno de ellos. Roll Tide!

2010

Categorías:Deporte

Un final anunciado

noviembre 22, 2009 Deja un comentario

No se necesita ser un adivino para pronosticar en el deporte. Cuando después de terminada la pelea entre Pacquiao y Hatton -pelea que, como en sus últimos encuentros, tuvo un aura de disparidad palpable- se anunció un posible encuentro entre el “Pac Man” y el puertorriqueño Miguel Angel Cotto, lo primero que me pasó por la mente fue que Cotto debía estar loco. Días después se anunciaría, de manera espectacular, la pelea entre el filipino y el puertorriqueño. No negaré que esperé con ansias el conflicto, pero el resultado no me sorprendió para nada cuando se anunció que Pacquiao había ganado por nocaut técnico. En las escenas televisivas, podíamos ver a un Cotto herido del alma, triste y melancólico por perder su segunda pelea en menos de dos años, de manera contundente y lacerante.

La primera vez que ví a Cotto pelear fue contra Oktay Urkal y de inmediato le seguí el paso. Era marzo de 2007, y Cotto parecía una sirena en alta mar, peleando libre y bailando hermoso dentro del cuadrilátero, pero lo más importante, siendo certero y punzante. Ver pelear a Cotto, era como ver a un Cadillac pasar en carretera, rápido y elegante, silencioso. A pesar de tener posteriormente victorias claras, todas por nocaut, parecía ser el boxeador perfecto, el mejor libra por libra. Lo tenía todo, técnica, inteligencia, paciencia, poder; sin embargo, aunque sus victorias eran por la vía sedante, lo que más le caracterizaba era su manera de pelear, limpia y fina. No su punch.

Después que Cotto masacrara al boxeador en ciernes y producto televisivo, Alfonso Gomez, Margarito retó al que yo creía entonces el mejor boxeador del mundo, y dudé durante mucho tiempo en la hazaña -ya no sabemos si fue de manera limpia o no, después que el mexicano Margarito fuera descubierto haciendo trampa al colocarse una sustancia parecida al cemento en sus vendajes en la pelea contra Mosley- que posteriormente cumpliría el mexicano al vencer a Cotto en el undécimo. Fue entonces que me percaté de las carencias de Cotto. Sin duda, el puertorriqueño pudo pecar de confiado y el mexicano salir entonces avante por el hambre de triunfo -la cual después la tuvo Mosley y la abandonó Margarito-, esa que siempre se necesita y es indispensable en momentos decisivos. Pero en aquel encuentro, muchas cosas más salieron a flote de la persona de Cotto. Los ganchos le afectaban en demasía y era débil en su epidermis, elemento importante en un boxeador. Recuerdo muy bien aquella pelea. Sobre todo cuando Margarito ya en el sexto asalto tenía al puertoriqueño, bañado en sangre. Estaba feliz al ver a mi compatriota ganar una pelea difícil, pero también recuerdo que mi corazón, estaba triste por ver a uno de los mejores boxeadores del mundo -y a un ídolo también, ¿por que no?- derrotado de esa manera.

Los siguientes combates de Cotto fueron irregulares, a pesar de tener victorias, estaba claro que aquella derrota en contra del mexicano, le había dejado huellas, más que físicas, espirituales. Ya no veía en Cotto, aquel boxeador bello en su boxeo, sino a un boxeador melindroso, inseguro. Venció a un Jennings mediocre, y después a un Clottey que le causo problemas, pero sobre todo, que sacaba a flote los problemas que persistían a partir de la derrota en contra de Margarito. Quedó demostrado que el puertorriqueño no estaba en su mejor nivel, que no estaba cerca de encontrarlo, y que seguía siendo victima de lo delicado de su piel y su falta de nocaut, pero más importante, que le hacía mucho daño la rapidez. Anunciar una pelea contra Pacquiao después de su victoria en contra de Cottley fue un error grave. Era claro que Cotto deseaba regresar a los grandes escenarios -así como el público, estaba hambriento de una pelea de cartelera-, pero la vía que tomó el puertorriqueño, no fue la más indicada.

Hay un pasaje del Contrato Social de Rousseau que me recuerda mucho al filipino. Es en el libro primero, y es en donde Rousseau habla contra el derecho del más fuerte. En el boxeo, Rousseau estaría fuera del lugar, porque en la plaza de arena, impera el más ventajoso. Pacquiao es fuerza bruta, y esta comprobado que boxeadores con mucha técnica lo fastidian, lo incomodan, le ponen en peligro. Esto, a primera instancia parecería favorable a Cotto -y vemos que a partir del round número ocho, Cotto llevaba el ritmo de la pelea, aunque era demasiado tarde-, pero el puertorriqueño carece de la fibra necesaria para vencer por la vía rápida, sus puños no tienen el veneno suficiente para quebrar a un dragón de Komodo, que cuando muerde, es mortal.

Los números son fríos, y es por eso que la matemática es precisa. Los números dicen que Cotto era casi perfecto, los de Pacquiao, caso curioso, no parecen tan perfectos para ser el boxeador en el que se ha convertido. Vemos en la carrera amateur del puertorriqueño, un común de derrotas, no así en su carrera profesional -que parece ir de más a menos-, en la que, antes de la pelea en contra del filipino, solo tenía una derrota por nocaut técnico por treinta y tres peleas ganadas, veintisiete de ellas por la vía fulminante. En la de Pacquiao, un inicio de carrera popular, y en realidad, una carrera profesional no tan limpia -caso contrario, parece ir de menos a más-, cuarenta y ocho victorias, tres derrotas -dos de ellas por nocaut, ambas en el tercer asalto, y dos empates, de un total -hasta el momento- de cincuenta y tres conflictos. Ahora se comprende, el porque la pelea era atractiva. Pero engañosa.

Después de analizar los números, que no dicen nada, más que puntualizar un registro histórico de la carrera de ambos peleadores, cosas más humanas parecían pronosticar la derrota del puertorriqueño. No era sorpresa que para el tercer asalto, Cotto ya se veía muy lastimado del rostro. En la pelea en contra de Cottley, ya se veía con claridad la fragilidad de la piel del caribeño, y contra un rival como Pacquiao, esto era algo que podía suceder. A Cotto se le veía lento y endeble, y solo en el octavo asalto, el puertoriqueño calmó las aguas ante la tempestad, llevando a Pacquiao a bailar un ritmo lento, como de vals, moviendo la cintura puntual y en numerosas ocasiones, conectando uppers que le hacían daño considerable al filipino, pero Cotto no utilizó este recurso con frecuencia, y eso tiene un precio caro. Después, un Cotto estático en las esquinas y un Pacquiao cansado, llevaron el conflicto a un plano intermedio, en donde el filipino solo conectaba, tratando de noquear -cosa que nunca logró- y el puertorriqueño se escabullía en cada rincón del cuadrado. El final era predecible para el décimo capítulo, pero un referee fuera de lugar, detuvo la pelea en el doceavo, no dejando -después de aguantar tanto- a Cotto terminar al menos la pelea en una decisión unánime y no en un nocaut técnico. Una vez más, me dolió ver a Cotto de esa manera: destrozado, herido, humillado. Pero cuando uno ve llover y se sale a mojar, lo único cierto es que se regresará empapado.

Recuerdo escuchar al comentarista de TV Azteca decir que Pacquiao era el más grande, incluso que Muhammad Alí. Me vino a la mente de inmediato la soberbia de la escritora inglesa J. K. Rowling, que al terminar su más reciente libro de Harry Potter -el último, esperemos-,  declaró ante la prensa, que el final de la historia del mago no podía ser más acertado, y que incluso, ni Charles Dickens lo pudo haber hecho mejor. Menuda declaración, diría Holden Caufield. Ese tipo de declaraciones suceden cuando la sangre esta caliente, pero cuando el análisis y la investigación imperan, las cosas se ven de diferente manera.

Pacquiao ha sido afortunado, sus peleas importantes han sido en contra de muchos púgiles al borde del retiro. Morales, venía desgastado de pelear contra Barrera -lo mismo sucede con esté último que, cuando enfrentó a Pacquiao, ya estaba por jubilarse-, Marquez, que a pesar de haber sido derrotado, puso en muy malas condiciones al filipino. Con Hatton pasó lo mismo, incluso, a raíz de la derrota en contra de Pacquiao, el boxeador ingles colgó los guantes. Ni se hable de la pelea en contra de De la Hoya; y a Cotto le pasó lo mismo que a Hatton contra Pacquiao, o lo que le sucedió a Margarito en contra de Mosley, la rapidez los venció. Pacquio es rápido, muchísimo, pero también se sabe que, cuando es bien conectado, lo colocan al borde del peligro. Cotto, a pesar que en muchas ocasiones logró asestarle golpes exactos, nunca logró hacer trastabillar al asiático. Cotto no tiene ese punch que muchos mexicanos tienen y que han comprobado -a pesar de las derrotas- que Pacquiao no es invencible.

Noviembre 2009

Categorías:Deporte
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.